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El Páramo leonés


Mucho se habla hoy de la Ribera del Duero o de la zona de Rioja como las zonas de mayor arraigo y tradición vinícola, pero muy pocos saben la fuerza que tuvo León en la producción de la península. En 1984 León llegó a tener unas 14.000 hectáreas de viñedo frente a las escasas 3.000 de Ribera del Duero.

No se trata de restarle pestigio a otras zonas, pero sí de reclamar el protagonismo que León merece.

La singularidad de la región de El Páramo está en el propio paisaje, con sus bodegas-cuevas* rupestres que salpican la arquitectura de sus pueblos y la legendaria prieto picudo, la rarísima uva que da vida a los campos de Valdevimbre, Los Oteros y Cea.

* Espacios excavados en pequeñas lomas arcillosas que aprovechan el desnivel para formar galerías subterráneas. En el interior de estas cuevas, con las bajas temperaturas del subsuelo, se forma un micro-clima ideal para la elaboración de los famosos vinos de Prieto Picudo.

Historia vitivinícola

La historia del vino en nuestra provincia tiene su origen antes de la era cristiana. Se estima que los griegos y fenicios trajeron a la península la vid entre 1100 y 400 años antes de Cristo.

El cultivo de esta planta tiene mucho que ver en la evolución humana y transformación de pueblos nómadas en sedentarios. La vid necesitaba al menos 3 años de cuidados para empezar a dar frutos, lo que implicaba que quienes trabajan la tierra y sus familias permanecieran estables en lugares próximos a la plantación.

En León, como en muchos otros lugares, el asentamiento de viñedos nació en el monacato y empezó a tomar verdadera importancia a partir del siglo XII, momento en que las peregrinaciones a Santiago se hicieron numerosas. Pegados al Camino los asentamientos urbanos y las aldeas fueron creciendo y con ellos, la vida de las comunidades y el consumo de alimentos.

Durante mucho tiempo, la nobleza protegió y abusó, pero también alimentó la práctica y elaboración del vino. El pueblo llano labraba, cosechaba y fermentaba el vino en sus bodegas, lo que les permitía pagar rentas y diezmos. El cultivo del viñedo, aunque dependía mucho de las inclemencias del tiempo, resultaba más rentable y más productivo que otro tipo de labor.

El traslado de la corte de Felipe II de Valladolid a Madrid, suposo un punto de inflexión, una involución en el desarrollo de la viticultura en León. Los cortesanos eran grandes consumidores de caldos y además solían arrendar sus tierras para tales cultivos. El alejamiento físico inició los problemas con el transporte y la competencia. El "afrancesamiento", no hizo sino empeorar las cosas porque la moda forzaba a que se intentara imitar los vinos franceses más suaves y ligeros. Ya el siglo XIX, fue nefasto para el vino leonés; por causa de batallas se destruyeron viñedos y hacia finales de siglo llegó la filoxera, una enfermedad implacable con las plantas que aniquiló nuestra viticultura.

El resurgir de la productividad llega en el siglo XX, injertando vides americanas se consiguó salvar plantas enfermas. Y únicamente, gracias al trabajo y las ganas de superación de la gente, se consiguió batir dificultades estructurales como la falta de concentración parcelaria y la implantación del regadío.


El clima

El límite geográfico sitúa la zona en un clima mediterráneo frío, pero la elevada altitud de la meseta y la cercanía a la cordillera cantábrica modifican las características climáticas dando lugar a una fuerte continentalidad.

En cuanto a las temperaturas, nunca se superan los 15ºC bajo cero en invierno y la media en época de floración y envero, está siempre por encima de los 20ºC. Tenemos un riguroso y largo invierno con persistentes nieblas y heladas, una primavera y verano irregulares y un otoño suave y generalmente lluvioso (en torno a los 500mm).

La acumulación de polifenoles y aromas en la uva se ve muy favorecida gracias a la oscilación de temperaturas extremas entre el día y la noche. La baya también se beneficia de la alta luminosidad en la zona, 2700 horas de sol anuales que le dan uniformidad a su maduración.

Según J. Papadakis:
  • Invierno (av) avena fresco
  • Verano (M) maíz
  • Humedad (Me) mediterráneo seco

El suelo

Todos los suelos son aptos para el cultivo, se situan entre los 800 y los 900 m de altitud y se reparten en:

Suelos pardos sobre depósitos alóctonos pedregosos. Páramos de raña (depósitos groseros de cantos rodados). Textura entre franco arcillosa y arcillosa-arenosa. Son suelos poco fértiles pero muy resistentes, pobres en materia orgánica y con buena aireación y drenaje. Márgenes del río Órbigo, Laguna de Negrillos, Bercianos y Pobladura de Pelayo García.
Suelos pardo calizos sobre material no consolidado. Antiguas terazas de los ríos Esla, Órbigo y Cea formadas por la erosión y sedimentación de elementos gruesos. Excelentes condiciones de drenaje interno, aceptable retención de humedad, facilidad en la aireación y penetrabilidad de las raices, pocas sales minerales, profundidad, adecuada proporción de cal y pobre en materia orgánica. Valdevimbre, desde Valencia de Don Juan hasta Villaquejida, desde Gordaliza hasta Sahagún, Gordoncillo y Mayorga, Los Oteros y Tierra de Campos.